偉大な戦士に専用の, Dave-San.
Cuando me encontré contigo
De ahí tengo el corazón
En dos mitades partido
- "La Ixtahueca", Óscar Chávez
Morí.
Era la primera vez que me pasaba. Era una sensación totalmente diferente a cuando estaba con vida, pues ahora, en esta ocasión, se estaban apagando una a una todas las luces que formaban el rompecabezas de mi ser. Lentamente me fui sumergiendo dentro de una oscuridad cada vez mayor, viendo a mi cuerpo alejarse poco a poco allá arriba, a lo lejos. Cada sonido enmudeció, cada sensación se fue diluyendo, cada color se desvaneció, cada olor se apagó y cuando por fin no logré saber cual era mi destino y dónde estaba, lo comprendí. Por fin había muerto. Y lo más terrible es que lo disfrutaba. Totalmente.
Era sin duda algo diferente, mi corazón estaba extrañamente alegre. Sentía una libertad completa y absoluta, mientras me movía en el vacío que me rodeaba. Desprovisto de un cuerpo, mi espíritu estaba ilimitado en toda su capacidad, y mi mente iba más allá de sus extremos. Sin embargo, algo me mantenía alerta. Una sensación de soledad tan inmensa que era imposible de describir y que se apoderaba de mí, aunque en ese momento no sabría por qué. Y entonces me detuve un instante, mirando hacia arriba de nuevo. Muy a lo lejos, estaba mi Yo físico, dormido de lado en una cama en un cuarto frío. Hacia abajo estaba un gran abismo, negro como la noche, donde mi Yo espiritual deseaba con todas sus fuerzas dirigirse para ser inmortal, uno con todo. Un abismo que me llamaba a cada momento más y más. Y tomé mi decisión.
Volví al mundo, a la vida, con más ánimo. Renací. Yo no deseaba la muerte por mucho que haya disfrutado su preámbulo ni quería que mi vida acabara por mucho que me doliera en ese momento vivir: saqué fuerza de no se dónde para seguir avanzando, porque sabía que la derrota no era lo más grave que se podía enfrentar. Y lo que no quería era perder esos recuerdos que me ataban a esa felicidad sincera que llegué a sentir. Así que ahora estaba de vuelta en el mundo, un mundo que no comprendía sin pensar en su figura, en su sonrisa, en su persona. Y sin embargo lo hice, fui dejando ir poco a poco las cosas que me lastimaban y me quedé con las mejores. Fui feliz sin necesidad de alguien a mi lado.
Pero después vino una ilusión, una bella ilusión, que me costó mucho tiempo y energía lograr consolidar. Cuando llegó a su final, un final amargo y cruento, yo quedé de nuevo en cero. Y sucedió.
Morí otra vez.
Pero esta vez era todo diferente, pues aunque la primera ocasión yo lo había disfrutado a cada momento, esta vez sentía un dolor insoportable e intolerable. Me estaba asfixiando lentamente, toda mi carne gritaba al ser desgarrada al mismo tiempo y yo creí que ese iba a ser el final. Pero no. Mi corazón sufrió dolores inconcebibles que no aminoraron, sino que continuaron aumentando más y más hasta que lograron que me perdiera en la locura... rodeado del vacío, las sombras y la oscuridad que crecía más y más. Aunque ahora deseaba con todas mis fuerzas aferrarme a la vida, no podía, ni todas mis fuerzas lograban sacarme del abismo en el que estaba cayendo más y más.
Pero entonces lo comprendí.
La primera vez que renací, no lo hice totalmente... una gran parte de mí quedó aquí, entre el vacío y las sombras, para aprender de lo que no sabía. En realidad no había renacido totalmente, había hecho más lenta la muerte... y todo el dolor que sentí me dictaba que, contrario a lo que pensaba, estaba más vivo que nunca.
Desde entonces mi corazón ya no es tan grande, como antes: tan grande que no sentía las penas. Ahora es tan pequeño que no caben en él ni mis dolores. La muerte y el renacimiento son lo que le hacen latir, y no sé si en este momento estoy vivo o muerto... sólo sé que estoy avanzando, avanzando a pesar, y no gracias, a mí, en este mar lleno de rostros y recuerdos...
Sólo queda avanzar.
* "El Destino hallará la manera", cita de Virgilio






